Aprender a Pensar

Bitácora de clase

Víctor Manuel Montoya Suárez

Ies Rafal

SARAMAGO Y EL FRACASO DE LA EDUCACIÓN (Y LA SOCIEDAD) ESPAÑOLA


Cada vez que muere una gran figura del mundo de las letras y veo a las autoridades españolas lamentar tan terrible pérdida, me siento absolutamente desvalido. No sé si es cinismo, si es simplemente ignorancia, si tal vez se trata de un fenómeno de esquizofrenia nacional o, sencillamente, guasa española. Primero Delibes y ahora Saramago. El ministro de educación lo elogia públicamente, a él y a su literatura, y junto con otras personalidades (¿?) de la política defiende su obra como necesaria en los tiempos que corren. Se les llena la boca al recordar la vinculación del Nobel portugués con nuestra España querida, el “iberismo” que une a los dos países y que tanto defendió el autor del Ensayo sobre la ceguera, y lo comprometido que estuvo siempre con la cultura y la educación de todos los seres humanos.
Estas declaraciones se han producido, desgraciadamente, siempre en el recuerdo, Saramago, a pocos días de publicarse los resultados de las pruebas esas de diagnóstico que se han realizado en las Comunidades Autónomas, las mismas que siguen diciendo lo que ya sabemos desde hace mucho tiempo e intentamos, desde espacios como éste, denunciar. Nuestros chicos y chicas de Cuarto de Primaria no saben leer, ni saben calcular operaciones básicas. En los cursos superiores, tanto de lo mismo.
Nuestro sistema educativo está enfermo de ignorancia, de incultura. Esto no es ningún descubrimiento. Lo raro, lo extremadamente alucinante, es que el discurso oficial siga haciendo oídos sordos a un problema que lastra y seguirá lastrando el futuro de los alumnos españoles. Porque estos alumnos, por ejemplo, no llegarán a leer nunca a Saramago, por poner un ejemplo. Y no lo harán no porque no quieran, que seguramente será así, sino porque, cuando lo decidan, tal vez no puedan comprenderlo.
La gravedad de los resultados en la primera etapa es elevadísima, su impacto sonadísimo, tal vez porque estamos muy acostumbrados a oír que en Secundaria no hay nada que hacer. Siempre hemos pensado muchos que la semilla, indudablemente, tenía que estar en los cursos inferiores, los más importantes, desde mi humilde punto de vista. Después, el mal regadío termina por estropear la planta.
Hay dos asuntos que quisiera apuntar, de entre todos los posibles, que seguro son numerosos. Siempre he creído en la labor del maestro, en lo decisivo de contar con magníficos maestros y maestras para enseñar las cuestiones más importantes sobre las que se construirá todo el proyecto personal. Yo tuve algunos. Eché de menos a otros. El sistema español debería contar entre sus filas con los mejores profesionales de la educación primaria y, por supuesto, de la secundaria. Y para ello es imprescindible reformar la vía de acceso a la profesión. No estoy diciendo que no haya en España buenos profesionales. Lo que digo es que ser un buen profesional no puede deberse a cuestiones únicamente como la buena voluntad, la necesidad de algunos de seguir aprendiendo, o la motivación subjetiva como motor de avance. Esto lo defenderé siempre: Todo el mundo no puede ser maestro, todo el mundo no puede ser profesor. Nuestro sistema educativo debería exigir la excelencia, como ocurre en otras disciplinas, para acceder a los estudios y, posteriormente, a la función docente. Quien no consiga estudiar su carrera preferida porque no le dé la nota media no puede estudiar Magisterio porque allí no pidan nada, o casi nada. Hasta que esto no se resuelva, seguiremos teniendo los mismos problemas. ¿Por qué no mirar a otros modelos, como el finlandés, en el que los docentes lo son tras toda una serie de filtros?
El segundo aspecto al que me refería es que si la educación de un Estado se rige por una ley, si es un sistema obligatorio, el incumplimiento de la misma debería sancionarse. El problema aquí es que lo que se sanciona es únicamente la no asistencia de los chicos a la escuela. Los resultados no se contemplan prácticamente para nada. ¿Cómo es posible que una chica con ocho años pueda suspender todas las asignaturas de Cuarto? ¿No se van a pedir responsabilidades a sus padres? ¿No es eso también una forma de abandono, la falta de preocupación por los estudios de los hijos? De la misma manera que el Estado invierte una cantidad anual por alumno, debería exigir su devolución en casos como el que cuento. Es decir, ¿por qué se tolera que haya un porcentaje de alumnos que no hagan nada? Porque no hay sanción. Así las cosas, tal vez sería muy positivo un planteamiento parecido a los de los países del norte de Europa, fundamentados en becas, ayudas y mejoras que se van devolviendo con el paso de los años. No se puede invertir a fondo perdido. Estoy seguro de que si una familia sabe que con seis asignaturas suspendidas tiene que devolver miles de euros, se preocuparía porque sus hijos no estuvieran todo el día en la calle, o en actividades extraescolares o jugando. Los tendrían sentados delante de los libros. ¿Cómo es posible que con seis años el niño llegue a la escuela sin haber hecho los deberes? Estamos llegando a un punto en el que la irresponsabilidad familiar parece no tener límite. Un planteamiento como este tal vez en otro tiempo pareciese disparatado. Seguramente. Hoy, creo, que podría tener cierto sentido.
Creo, por tanto, que necesitamos reformar estos dos aspectos, pero reformarlos de verdad. De la misma manera que reconocemos que no todos los alumnos son iguales, también hay que decir que tampoco todos los docentes lo somos. Hay un elevadísimo porcentaje de profesores que están aquí porque no pudieron estar en otro sitio
. No digo que no tengan derecho a hacerlo, sino que para estar deberían demostrar que valen. Para ello, un buen sistema de elección, unos requisitos elevados, como les pasa a los médicos. Para tener los mejores médicos es necesario, primero, que entren en las facultades los mejores estudiantes. Con ellos y con la concienciación de las familias, caminaríamos mejor. De la misma manera que el cinturón de seguridad, la sobriedad al volante, el respeto a los límites de velocidad y demás no pueden depender sólo de la buena disposición del conductor, sino también de un buen sistema sancionador, así la implicación de la familia en el proceso educativo de sus hijos, porque para eso se les paga e incluso se les regala los libros.

Extraído de www.deseducativos.com



escrito el 22 de Junio de 2010 por en EDUCACION Y POLITICA


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