Aprender a Pensar

Bitácora de clase

Matematicas de mis grupos…y curiosos

V M M S

Ies Rafal

Protegido: SOLUCION DE CADA EPÍGRAFE TEMA 1.-NÚMEROS REALES

escrito el 13 de octubre de 2010 por en 4º ESO OPCION B

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Protegido: FICHAS TEMA 1.-NUMEROS REALES

escrito el 13 de octubre de 2010 por en 4º ESO OPCION B

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ACROBAT READER

escrito el 12 de octubre de 2010 por en SOFTWARE IMPRESCINDIBLE

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PLAN SEMANAL 13-15 OCT10

escrito el 12 de octubre de 2010 por en General

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Protegido: EJERCICIOS PARA PRACTICAR

escrito el 12 de octubre de 2010 por en 4º ESO OPCION B

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Protegido: Página para practicar (matrices) (humanidades)

escrito el 11 de octubre de 2010 por en 2º BACHILLERATO CIENCIAS,2º BACHILLERATO HUMANIDADES

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2º BAC. HUM.:SOLUCION EJERCICIOS

escrito el 11 de octubre de 2010 por en 1º BAT HUMANIDADES

SOL.EJ. MATRICES


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Protegido: pagina para practicar matrices (ciencias)

escrito el 11 de octubre de 2010 por en General

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DE EXPERTOS Y PROFESORES

escrito el 6 de octubre de 2010 por en General

Carácter de profesor

Un título no muy acertado…, pero no se me ocurre otra forma de llamar a este capítulo. Y me importa escribirlo, para hablar en él de cosas que, que yo sepa, nadie se ha preocupado de examinar a fondo, con seriedad y con auténtico conocimiento de causa -es decir desde una posición razonablemente rigurosa- cuando hubiera sido de gran interés el haberlo hecho. A lo mejor soy yo, que estoy mal informada, pero con los ríos de tinta que han corrido estos años a propósito de los profesores, ¿no llama la atención que no exista un estudio amplio y documentado sobre ellos: cómo viven, cómo piensan, cuál es su formación, sus aspiraciones, de qué manera afrontan su profesión, qué consideran ellos que facilita o estorba su trabajo…? Y teniendo en cuenta que en tiempos recientes se han hecho reformas y experimentos sin cuento donde precisamente los profesores eran piezas fundamentales, ¿no podríamos, quizá, considerarlo un descuido por parte de quien declara estar interesado en ayudarles (y, sobre todo, en que los experimentos y reformas hubieran tenido éxito…)? Quizá, quizá podamos.
No está a mi alcance hacer un tal estudio, claro. Pero sí estoy en situación de dar algunas pistas. Ya me parece haber dado más de una en capítulos precedentes, y también me parece que con algún estudio bien fundado que se hubiera sido hecho siguiendo por ejemplo esas pistas, y otras como esas, tal vez se hubiese evitado la demolición pública de la figura del profesor, sin duda una de las causas determinantes de la catástrofe educativa en curso. Evitarlo no podemos afirmar que hubiese sido factible; pero conseguirlo, ¡ay!, de más está decir que resultó factibilísimo.
Que el profesorado es incapaz de motivar a los alumnos, que está deprimido y sobrepasado, que no se preocupa de “estar al día”, que se queja de vicio, que trabaja poco: esos sí son temas muy tratados en este último decenio (¡ah! y que está desprestigiado: imprescindible para quien desee opinar con peso)…, temas tratados hasta aburrir; más aún: que no solo se tratan en foros de presunta solvencia dedicados a analizar al profesorado y sus problemas, sino sobre los que todo el mundo opina sin parar con rotunda convicción de saberlo todo.
Por mi parte, quisiera hablar del tipo de personas a las que más o menos fundadamente se les achaca todo eso, guiándome por lo que he aprendido mirándolas a ellas desde cerca. No hablar para desahogarme de los fracasos de mis hijos, ni para argumentar contra aquellos que no han podido ni querido aplaudir un sistema que simplemente no vale y que consigue lo contrario de lo que pretendía. Contar lo que yo he visto mirando a los profesores desde cerca: no dictaminar sobre la profesión docente tal como hacen desde las teóricas alturas, o desde fuera, los que mucho han demostrado preferir no acercárseles, no sé si por si acaso, pero que no por eso se recatan en generar opinión acerca de ellos. A mí me importan mis compañeros. La profesión, en cambio, me importa un pito: ella no se levanta por la mañana para ir a salvar lo que puede del naufragio contra viento y marea o, si lo queremos más terrestre, para ir a tirar del carro sin parar de quitar palos de las ruedas.
El caso es que mi título desafortunado lo es, en parte, porque quiero evitar a toda costa expresiones como “psicología del profesor”, dado que yo de psicología no sé absolutamente nada. En esto me diferencio de casi todos mis connacionales, a quienes se ha hecho creer que es natural y oportuno disertar sobre “depresiones de caballo”, mobbings y bullings y anorexias y bulimias e hiperactividades y desmotivaciones y “autoestimas por los suelos” como quien estipula si hace sol o está nublado (vamos, como el que conoce de qué habla); y a los que por otra parte se les ha convencido de que para transmitir conocimientos relativos al castellano y a su literatura mi obligación es dominar esos otros difundidos y difusos conceptos igual o más que los relativos a mi asignatura, porque resulta que trabajar en la enseñanza pública ha pasado a consistir, principalmente, en lidiar con una extraña epidemia de males psicológicos que en un momento dado nos atacó a traición y, según todos los indicios, nos pilló sin vacuna.
Mucho menos querría emplear ‘perfil del docente’ o ‘perfil del enseñante’, sin duda muy finas, pero que son buenas para burócratas huidos de las aulas públicas, y en efecto son las que a estos les sirven a diario para distraer al respetable precisamente respecto a ese punto: respecto al hecho de que están hablando de personas, no de entidades abstractas, y por tanto, para saber lo necesario sobre ellas a fin de ayudarlas a resolver las enormes dificultades a que se enfrentan bastaría con acercárseles un poco en disposición de conocerlas, o sea de escucharlas. La profesión, en cambio, se comprende que es fácil de tratar: ella no habla.
Y una razón más me sugiere emplear el término “carácter”. La de que hay acuerdo general en que nuestro oficio imprime carácter, igual que el de médico, o el de marino. El ser profesor de secundaria requiere a priori -y seguramente determina a posteriori- un tipo de carácter con ciertos rasgos afines. Pero claro, “carácter” es algo que se tiene individualmente, y yo estoy hablando aquí de miles de personas: por eso es malo el título. No importa. Los profesores –diversísimos de temperamento, obviamente- presentan ciertos rasgos más o menos comunes en su modo de ser y de vivir, y aquí intentaremos referirnos a ese “carácter” que resultaría si sumáramos los rasgos compartidos por la notable mayoría: aquellos rasgos, podríamos decir, que parecen estar en la base de una autoselección a la que no podemos sino deducir que los profesores se han sometido a sí mismos, si no creemos en la casualidad de manera desmedida. Algo tiene que ver con la vocación, pero evitaremos asociarlo a esta, por más que abunde en el gremio. Las connotaciones de ‘vocación’ aquí no harían sino estorbar, una vez asumido que en la autoselección hubo mucho más de espontaneidad que de inclinación a la heroicidad y a las grandes empresas.
Recordaré que hablo tan solo, pues otra cosa no puedo hacer, de aquello que conozco: de los profesores de enseñanza secundaria y, más precisamente, de los de mi generación, de los nacidos en un lapso aproximado de quince años y que en el apogeo de su juventud/madurez extrañamente pasaron de ser competentes a ser incompetentes de manera inopinada. No me atrevería a generalizar sobre los profesores más recientemente llegados porque, aunque entre ellos tengo bien buenos amigos, lo que hemos vivido en común no me parece suficiente para hacerme una idea cabal de su modo de ser y de vivir. Por lo demás, aunque en muchos rasgos de carácter yo sigo viéndolos iguales o bastante parecidos, también es verdad que hay aspectos en que ya son bien diferentes.
Para empezar con un ejemplo no nimio, y que ahora viene al caso, el profesor de mi generación piensa en sí mismo como en un profesor que da clase, nunca como en un enseñante que imparte docencia. Cuando oye decir esto último no siente que la cosa va con él, no se siente designado. A él esta adulación cultista le resbala: incluso siente que esas palabras representan directamente al “otro bando”, el ajeno y -en no poca proporción- enemigo. Sabe bien que el prestigio que le ha robado el bando ajeno no se restituye combinando floriloquios, que las cosas nunca se arreglan únicamente con palabras, aunque suenen selectas y ampulosas: a otro perro con el hueso.
En cambio los más jóvenes se lo toman con menos reticencia: no se han pasado tan gran parte de su vida dando clase sin más, así, a pelo.
Y en cuanto a la “muestra” que yo empleo aquí, mis amigos y conocidos profesores son muchísimos y son de todas partes. Después de tantos años y de tantos institutos, el número de compañeros que han sido y son mis amigos es enormemente amplio, y mis contactos con buena parte de ellos no poco frecuentes, aunque ya no vivamos en el mismo sitio. Señalemos al pasar un notable rasgo de carácter: a lo largo de más de treinta años, para contar a los malos compañeros que me han tocado en suerte me sobrarían dedos de las manos; digo malos compañeros en plan serio, no personas con fallos, debilidades y descuidos, que en ese apartado, qué remedio nos queda sino acogernos a la sabiduría de Billy Wilder, que con el célebre “nadie es perfecto”, además de ofrecernos un final memorable para Con faldas y a lo loco, de paso dejó bien claro que ni los profes de secundaria quedábamos excluidos. Y a mis compañeros de tantos sitios se suman muchos otros que, sin que hayamos compartido instituto, integran mi círculo de relaciones desde tiempos inmemoriables, que decía uno jaleando a un cantaor, con acendrado instinto idiomático. Concédaseme pensar, pues, que tengo una cierta base para hacer un esbozo del modo de ser de mis compañeros, interpretando la palabra en el sentido sui generis, ligeramente abusivo, que he tratado de definir en estos párrafos.
De modo general, un profesor de instituto es alguien que no aspira a tener un superdeportivo, a vivir en urbanización de lujo y a practicar deportes minoritarios en selectos clubes donde los camareros le traten religiosamente de usted y le digan “señor” o “señora” todo el rato. Para alcanzar su ideal de vida no necesita pagar miles de euros al mes por mantener amarrado el yate, ni grandes extras para irse de montería con la escopeta nacional, ni disponer de equipo de invierno a la altura de Baqueira. Contempla estas necesidades en otro tipo de personas y las mira con algo más que despego… ¿Querría algo de esto si se lo dieran hecho? Puede. ¿Forma parte de su programa de vida y piensa tomarse alguna molestia para conseguirlo? No, categóricamente. Sus hábitos consumistas son muy moderados: en muchísimos casos, harto más cautos que los de las familias de sus alumnos actuales. Desde luego la ostentación de signos de estatus social alto le parece una horterada: entre los profesores es rarísimo encontrar quien exhiba ropa de marca y objetos de valor con logotipo (no digamos ya dispendiosos cortijos imaginarios, turgencias falsas y otros publicitados artículos de moda). Sin embargo, podrían permitirse algún capricho de este tipo, como es notorio que se lo permiten –e incluso andan locos por permitírselo- tantísimos españoles con un sueldo inferior o equivalente. Pero las chucherías caras desde siempre le traen al pairo, y la autenticidad de su aspecto jamás le ha avergonzado ni le ha hecho sentirse incómodo. En eso los profesores han sido y son un estupendo ejemplo para los adolescentes, si bien hoy día, en tanto que modelo, la actitud y el aspecto de un profesor no significan nada en absoluto, pues los –y las- modelos están en otra parte.
Un dato a este respecto. Hace no pocos años que el profesor siente gran desaliento al leer las respuestas de los educandos a un ejercicio que se hace habitualmente en 3º de la ESO. En un folio donde figuran escritas, y ordenadas, ciertas expresiones con las que aprender a organizar un texto, ellos deben rellenar los espacios en blanco con frases propias. Se titula “¿Qué esperas de tu futuro?”, y sobre esta materia deben ellos idear sus frases. Qué hartazgo de leer modelos de coches -con todas sus letras y sus números aprendidos memorísticamente- y de que todo el mundo aspire a tener un gran “vestidor” lleno de “toda la ropa que me gusta”, un chalé con piscina, o un yate, y veranear en el Caribe (no saben dónde está; al profesor le consta porque se lo ha preguntado: bien empleado le está por preguntar, no sabrá bien que eso es meterse en camisa de once varas).
No haré aquí comentarios sobre de dónde creo yo que provienen estos espontáneos deseos que asaltan a tan gran número de chicos y chicas de entre catorce y quince años: a la sagacidad del lector lo dejo. Me bastará decir que estoy segura de que no se los ha inspirado su profesor, el cual más bien lo que hace es gobernar como puede la sensación de desinterés y de distancia que a él le inspiran los deseos y aspiraciones de estos “niños” (Un coche, dos coches, tres coches… ¿y qué corrijo yo en este ejercicio, si ya no añade más; qué hay escrito aquí que sea materia lingüística genuina y espontánea, que contenga los aciertos y desaciertos propios de la edad y el curso de quien lo ha escrito? ¿Y qué vocabulario pobre ni rico va a emplear, si apenas expresa ninguna idea, si se limita a nombrar cosas? ¿Y será así, CX PV 850? ¿O será VP XC 805…? Qué apasionante…Qué entretenida la clase de mañana, cuando intentemos corregirlos y comentarlos… (Es lo que hay… qué le vamos a hacer si suena a tópico… ¿Necesitaré hacer constar que también yo preferiría que fuese de otro modo?)
Sin estar demasiado bien pagado, el profesor actual no vive en la idea de que le paguen poco, no se percibe a sí mismo como lo hará un licenciado mileurista, sintiendo que la vida que lleva no está a la altura de su preparación y de sus necesidades. Se las arregla bien con su sueldo (téngase en cuenta que en su caso se trata de dos, mayoritariamente). Dicho queda que sus hobbies requieren gastos de cuantía más bien módica y que, además, son dados a numerosas aficiones que no les cuestan un duro, al abundar entre ellos el espíritu independiente que gasta buena parte de su tiempo en disfrutar al aire libre con su gente mirando a los bichos, o a las piedras, o a las estrellas, el que se sienta a pasar el rato en cualquier parte en compañía del periódico o de un libro… y si no ese tan modoso, tan poco amigo de dar guerra, capaz de entretenerse una tarde entera él solito en un rincón con un simple papel y un lapicero (y luego, encima, a nada que te empeñes te regala a ti el dibujo… : suntuosa diversión dominical: dibujar gratis)
¿Les gustaría ganar más? Sí, como a todo el mundo. ¿Hablan mucho de eso? No: es decir, bien pocas veces.
En cualquier caso, el profesor no relaciona directamente su tarea cotidiana con la idea de lucro; dicho más gráficamente, se halla en el extremo opuesto a lo que significa trabajar a comisión. Ajeno a trapisondas pecuniarias, jamás figurará en las edificantes tramas corruptas que sus alumnos perciben como práctica social consolidada y como mediático alimento moral de cada día. Fiel pagador de impuestos, vive a resguardo de tentaciones que fuera del redil de las nóminas abonadas por la administración al parecer acechan con perfidia formidable: Hacienda le protege cuidando de que sus cuentas sean transparentes por naturaleza, y ni se le pasa por las mientes asociar su trabajo con aventuras económicas de ningún género, ni lícitas ni ilícitas. Conciencia tranquila, pues, y ausencia de preocupaciones por ese lado: libertad, independencia…: y capacidad de preocuparse por otras razones que por su posible medro personal, que no le inquieta. Cualquier político o empresario de bajo nivel y éxito medianito puede considerar, como en efecto hace y no, por cierto, sin razón -sin su razón- que el profesor es un pardillo, un pardillo que no se afana en lograr “ser alguien”. Es una forma de verlo, y de decirlo, que a lo mejor expresa esto mismo que veníamos tratando de explicar con menor número de palabras y con mayor acierto.
El profesor tiene una pinta más juvenil que en general el resto de la gente adulta. Dicho afectadamente, consistiría en algo indefinible; pero real: no pocas veces adivinan que es profesor a juzgar por su aspecto, en lo cual tal vez intervenga alguna otra manifestación externa como, por ejemplo, el manejar el argot juvenil con naturalidad y con soltura. Este “algo indefinible” encierra escaso misterio: tiene que ver con el no mucho cuidar el atuendo (indumentaria no estudiada, poco selecta: cómoda) con el no gastar gran cosa en peluquería (el mismo corte de pelo durante años; nada de manicuras…): en fin, con que su arreglo personal y hasta su actitud corporal son marcadamente informales. Para entendernos, el profesor tiene pinta o como mucho aspecto, no tiene imagen ni look, su profesión no exige nada de eso. Uno tiende a pensar que acaso se deba al contacto continuo con adolescentes. Posible. Pero quizá también refleje un interior que por sí mismo conserva reminiscencias juveniles, que muestra ante la vida una actitud natural, poco resabiada, seguramente no ajena al hecho de que en su momento eligiera hacerse profesor. Este dato aparentemente fútil tiene su importancia: no es nada improbable que su aspecto contribuya a reportarle una consideración social y un tipo de trato diferente al que recibe el señor con corbata y traje -lo que el profesor considera disfraz, justo a la inversa de quien acostumbra a vestir así- o la señora señora, vestida y embolsada como Dios manda. A él, desde siempre, no solo no le incomoda ser tratado sin excesiva ceremonia sino que incluso lo propicia, como digo, sin asomo de resabio.
Recuerdo que Mariantonia, la geóloga que nos hablaba de los bichos como si fueran de su pandilla pero en cambio gastaba más sorna para diseccionarse a sí misma y a sus congéneres, solía ironizar con lucidez maligna: -¡Qué agradecidos debemos estarle al Ministerio! No solo nos tiene aquí recogidos, dejándonos hacer lo que nos gusta… Porque además –reconozcámoslo- otra cosa tampoco sabríamos hacer… No solo eso, sino que encima nos paga: no me digáis que no es para conmoverse…
Cierto. La nuestra es una actitud ¿cómo decir? ¿continuista? Nuestro aspecto refleja, aparte o además de lo que somos, lo que seguimos siendo…, aquello que expresaba Mariantonia hace ya tanto tiempo. A los profesores de instituto creo yo que siempre nos ha caracterizado una cierta capacidad reflexiva sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno, y que, a cambio de la ambición personal que no nos mueve, llevamos a gala el querer seguir siendo como somos y el mantener la misma relación con lo que nos circunda. No todos tenemos el dardo tan afilado y certero como Mariantonia, pero en los institutos se gasta ironía por un tubo sobre la España de nuevos ricos (peor, ¡ay!, semi-ricos) que hemos ido viendo crecer en los últimos años: sobre sus afanes, sus espejismos y sus a nuestro juicio insustanciales aspiraciones. Así como la cara es el espejo del alma, los críos son el espejo de sus mayores. Desde el aula realmente se ve todo: si uno quiere diseccionar, hay materia abundante. El profesor observa el paisaje social con tremenda, burlona, por momentos sarcástica distancia; o con gran desencanto, como cuando corrige ejercicios sobre el futuro que creen ambicionar sus estudiantes.
De los profesores se habla, están en el escaparate, pese a lo cual nuestra impresión es que en aquello que importa se les conoce poco, que su mentalidad es poco y mal conocida. Con todo, no es un gremio precisamente reservado, ni vive recluido en despachos inaccesibles, cosa que no querría: al contrario. Al profesor le gusta la gente, el intercambio; su desventura actual es que él ya no parece gustarle a nadie, y lo único que nota con claridad es que la famosa sociedad se ha hecho tal lío que no sabe lo que quiere de él y, para acortar camino, se ha convencido de que lo quiere todo: si no hay todo, no hay profe bueno, así que a la sociedad no le gusta el profe. ¿Y cómo vive él esta percepción que tiene la sociedad de su persona y de su figura? Pues… meditando. Meditando en que la pobre sociedad desearía, está deseando, que el profesor le resuelva el problema. Y el deseo es comprensible; lo que pasa es que ahora, precisamente, él es quien menos puede hacer por resolverlo. Le gustaría, pero sólo puede hacer por capearlo.
Aparte de que por inclinación natural no aspira a ser una estrella, el profesor está acostumbrado a verse permanentemente en la picota, a exponerse ante quien puede ridiculizarlo (¡Pero bueno, qué plancha, si llevo el bajo descosido! ¡Adiós, pero si me he echado un manchón de tinta! ¡Hala, otra vez, ya me he vuelto a equivocar de fotocopias, ahora me van a montar un pollo!). A ponerse y quitarse y perder todo el rato las gafas de cerca delante de los chicos, a ser duro de oído y tener que hacerles repetir varias veces lo que ellos nunca vocalizan, a admitir que se ha equivocado al sumar la nota… y a esperar a que escampe. Sabe que ellos descubren desde el primer día el acento gallego, el carácter inseguro, la voz chillona, la dicción precipitada, cierto defecto en la mano, una leve cojera, la tendencia a llevar los calcetines caídos: cualquier cosa. Están ahí para observar, fundamentalmente, sobre todo los primeros días: al segundo ya hay mote. Y saben ser bien crueles, desde luego, pero también saben ser muy indulgentes: su capacidad para tolerar todo tipo de defectos es enorme. La cosa empeora cuando son hijos de adultos desprevenidos a quienes la ley y la propaganda les han llenado la cabeza de fantasías omniexigentes (excepto, claro está, para con ellos mismos y con su prole), pero aun así muchos resisten incluso en esas condiciones… Ello es que en el caso de los que no son inmunes a ella, para neutralizar el efecto de esa boba propaganda sobre sus alumnos el profe ahora necesitaría un número de horas impensable… Así que, a falta del número de horas que le sería necesario, capea, como decimos, durante las que efectivamente tiene (por ejemplo tres clases semanales para ganarle la partida a la propaganda y para enseñarles a hablar, leer y escribir, al nivel propio de su edad, el castellano).
Consciente de que esto es así, el profesor debe intentar disimular su estado de ánimo -como los actores- y a veces es difícil. Se pasa ‘miedo’, sobre todo a principio de curso. Pero el profesor se lo traga. Es el miedo escénico; aunque si se empleara esta expresión referida a él en lugar de a un futbolista, todo el mundo lo consideraría una chorrada: él, el primero. Está hecho a que le imiten, a que esperen maliciosamente a que se equivoque, a que le comparen con el del año pasado… a estar en boca de todos: de quienes le conocen y de quienes no le conocen… Él espera a que escampe. Como no tiene un óptimo concepto de sí mismo, ni ha venido a las aulas a que se lo refuercen, agradece en el alma la buena acogida y la transigencia con sus defectos, pero puede pasarse sin el aplauso: su ego no le pidió hacerse actor, le bastó con ser profe.
Más cosas tiene en común con el actor: trabaja ante un público, empleando la voz y el gesto para atraer la atención de quien escucha…, solo que carece del egocentrismo que le haga estar seguro de merecer por sí mismo que su público le atienda, menos aún que le admire. En realidad es un actor de segunda: un actor sin glamoures, cosa que hoy día, cuando todo su público se pasa la vida contemplando la epifanía de gentes glamourosas verdaderas y falsas, le hace salir de la comparación muy malparado. Él todo esto lo sabe, y con ello se le agrava la timidez escénica; no es raro, pues, que salga a escena con desánimo (y también se lo traga).
Como decíamos, el público suele ser capaz de gran crueldad; no digamos si se trata de público adolescente. Por eso el umbral de soportar rechiflas y rechazos, de acomodarse a repetir las cosas, de soportar el obtener escaso éxito con lo que uno hace, en el profesor es muy elevado por necesidad, mayor que en el actor; y, desde luego, infinitamente superior al del adulto medio. Lo cierto es que yo he visto a actores hechos y derechos parar descompuestos la representación matutina destinada a colegios e institutos exigiendo respeto a voces. Si trabajaran a diario con algunos adolescentes les sería más fácil ver su esfuerzo, su ilusión y su estima propia reducidos a la nada más hiriente sin por eso creer que el mundo tiene que pararse. Y sabrían que hay públicos que no entienden qué es eso de que les exijan nada y, menos aún, respeto…
De la suma de estos factores se desprenderá que desprestigiar al profesor era un empeño realmente fácil. Fue fácil por demás empezar a hacerlo sin tener una sola idea clara sobre en qué debe consistir su valía y, por lo mismo, afirmando su minusvalía con rotundidad tan dañina como irresponsable. Está expuesto a que cualquiera pueda desprestigiarle, acostumbrado a que así sea, y de añadidura no era cosa que le preocupara mucho: no era esperable que reaccionara saliendo a defenderse públicamente con dureza cuando empezó a haber carta blanca para atacarle. Por lo demás, insistamos en que él sabía que propiamente hablando no tenía prestigio (más bien no se cuidaba de si lo tenía) ya antes de que los demás empezaran a hacer de esto materia de tertulia. Eso sí, cuando lo oyó formular en estos términos, ya era consciente de que le habían arrebatado la condición sine qua non para su trabajo, aunque él no la concebía en términos de prestigio. Lo que él acusaba -e incluso para entonces ya tenía digerido a medias- es que le habían despojado de su antigua autoridad que, sin ser excesiva, le bastaba para trabajar en paz y con eficacia aun cuando no estuviera contento de llevar mote. El legislador, que había sido el principal causante, guardaba silencio. La sociedad, esa señora tan lista, se puso a hablar de la cuestión a todas horas (horarios infantiles incluidos, por supuesto) como sabe hacerlo ella: con rotunda inconsciencia y desconocimiento.
Fue un ataque brutal al gremio como tal y, por ende, a todos y cada uno de nosotros. No creo que haya precedentes de un ataque así a un gremio entero… sobre todo considerando que al profesor no se le alcanzaba qué culpa repentina acababa de cometer para merecer semejante acometida. Sin intención de dar ideas, sólo por reflejar de nuevo ciertas meditaciones del profesor: puestos a demoler una profesión en este país, ¿no se podía haber pensado antes en los arquitectos? Cuitados, da él en pensar, con tantas culpas imperdonables repartidas por ahí, imposibles de no ver y de ocultar… Y sin embargo, ya ves: trabajando tan tranquilos sin que nadie les estorbe…, qué arte… En fin, bobadas, ocurrencias que asaltan al profesor cuando medita mientras anda de paseo…
En realidad, cavila el profe considerando el panorama que ofrece a la vista el país, si la señora sociedad quisiera ser consecuente, ¿no llevaría ya tiempo confiando la educación de sus niños al gremio de los banqueros funambulistas o al de los promotores de salvajadas? Porque esos sí que son socialmente autorizados y, sobrándoles prestigio como les sobra, campan pletóricos de la célebre autoestima que al parecer tanta falta hace en los institutos… Si estamos a eso, por Dios, qué mejores condiciones, a ver quién les iba a toser cuando les vieran llegar conduciendo el Mercedazos, la ventanilla bien abierta y el Rolex flameando al viento… A transmitir valores.
El profesor, se me olvidaba decirlo, no es un alma bella. Está callado pero, en silencio, no siente sólo esa honda decepción que tantas veces le oscurece, tenaz, el ánimo; en otras ocasiones le invaden un desprecio y una cólera de primera calidad, de primerísima.
… Y hablando de no ser…
Una cosa no es el profesor de secundaria: audiencia manipulable. Aquí no hay pardillo que valga. Cuando oye que quien se hace cargo del Ministerio de Educación empieza con cositas de botellas medio llenas y de que la enseñanza en nuestro país está estupendamente, al punto pierde el respeto. Con la que está cayendo, pierde el respeto. Se calla, porque no tiene voz pública ni la busca –dicho queda que lo suyo no es la notoriedad- pero, mientras vuelve a lo suyo, él prosigue con su monólogo: “No hay seriedad. Marchando otra más de positivismo. Esta vez tampoco hay coraje; hale, a seguir tó lo mal que queremoh…”
Y otra cosa tampoco es el profesor: un papagayo. Aclararlo no está de más, porque nuestros dirigentes –y la distraída sociedad detrás de ellos- parecen creerlo así. Durante el largo debate sobre la asignatura de Educación para la Ciudadanía, políticos de todos los partidos han hablado y hablan como si fueran ellos los que la van a explicar. Como si lo que ellos exigen (aquí todo Cristo exige mucho, pero claro, luego no está a diario en el aula) como si lo que ellos exigen -digo- que se dé o que no se dé, se fuese a dar tal cual ellos exigen. Pero el profesor, ¡ay!, sin falsa modestia, sabe pensar por su cuenta desde hace mucho tiempo, y hasta sabe lo que quiere o no quiere decir en clase; y es él, únicamente, quien va allí y lo dice: no, por cierto, los señores diputados ni ningún consejero, bueno o malo. El de la asignatura de Educación para la Ciudadanía es un caso extremo -y reciente, por eso lo traemos a colación- dado lo específico de su contenido (el idioma, como queda sin especificar, puede fijarlo el consejero si le asaltan inquietudes plurilingües, buenas o malas ).
Pero hay muchas otras asignaturas con las cuales se educa y se orienta, sin falsa modestia, en la dirección que el profesor estima conveniente: ni más ni menos. Lo cual se ha hecho, por lo demás, siempre que se ha podido, aunque últimamente ya se pueda poco. La elección de los textos para comentar y el comentario mismo son competencia exclusiva del profesor, y sólo él la ejerce: es él quien selecciona los ejemplos que emplea en clase, y los textos literarios, históricos, periodísticos, científicos, donde se suscitan y se tratan todo tipo de cuestiones relativas a aspectos fundamentales en la formación de la persona como ciudadano y como individuo. Es él quien educa y quien instruye -incluso sólo con estar- y por cierto lo hace con un sentido ético y una conciencia cívica que en cambio están ausentes en prácticamente todas las demás instancias que se ocupan de imbuir ideas y pautas de conducta en los muy jóvenes, con el beneplácito -o sin oposición visible- del resto de los mayores. También en esto medita: en la tranquilidad moral que proporciona el deber tratar con los chicos desde la posición de quien no necesita los votos de sus padres, ni que le dejen tranquilo cuando quiere ver el fútbol, ni hacerles aspirar a futuros Caribes y vestidores.
La clase política parece ‘estar convencida’ -tal como suelen decir ellos con desgastada táctica persuasoria- de que legisla sobre educación (entre ejemplificantes broncas y acusaciones) para piezas inertes de una máquina. No señores. Cuando el político habla, empezando con un “estoy convencido” que de inmediato delata la raíz y el propósito del discurso subsiguiente, el profesor, ajeno a tácticas persuasivas que se sabe de memoria -y que, por cierto, según la ley debe enseñar a identificar también a sus alumnos, como así hace- prosigue con su monólogo: “¿Pero estos qué creerán que manejan?… ¿Papagayos?”
El profesor es independiente de criterio. Muchísimo. Pocos sectores sociales habrá que lo sean tanto. A los institutos llegan cotidianamente uno o más periódicos, y él mismo es asiduo comprador de diarios, y tiene tiempo para leerlos: en muchas asignaturas, son parte importantísima del material con que trabaja, así que dedica a ello no solo el tiempo libre, sino también un tiempo que le pagan. Rodeado como está de personas preparadas en muy diversas áreas del saber (¿sucede esto en muchos centros de trabajo?), a diario comenta y oye comentar toda clase de asuntos por gente próxima a él, que relajadamente se explica sin más objeto que ese, el de aclarar lo que le preguntan -no le mueve otro interés, no empieza con un “estoy convencido”- y que por añadidura conoce a fondo -no de oídas y por encima- el tema de que está hablando: es el profesor de Química, o el de Historia, no el cliente del bar ni el vecino de al lado. La mente del profesor no se alimenta solo de información volátil, truncada y amputada y desvirtuada en aras del “dinamismo que necesita el público en estos tiempos modernos”, triturada como papilla para entrar y salir por orejas perezosas. “Vivimos tan de prisa…, la gente no tiene tiempo…” Ya. Pues el profesor no vive muy de prisa, no tiene esa costumbre. Él dispone de tiempo: del libre y del pagado. Por supuesto que no vive de solo tele, y, respecto al conocimiento y la información, precisamente es de lo menos perezoso y contentadizo, si se compara con ‘la sociedad’ en general (esa sabelotodo que de todo habla, cuando luego, como es natural, en el mejor de los casos sabe de una o de un par de cosas).
Partidario inconmovible de la justicia social y de la escuela laica y pública, que es como decir de la igualdad de oportunidades, nada le hubiera satisfecho más que haber visto instituida de una vez por todas en este país, y gozando de buena salud, esa enseñanza anticlasista que para él fue no un desiderátum cualquiera entre otros muchos, sino un objetivo realmente cardinal en su vida, que formaba parte de su credo vital y de su ocupación cotidiana: en esto sí que fue ambicioso. Por este motivo, más que por ningún otro, empezó a rechazar la reforma desde muy temprano, aun cuando también le impulsara a ello su malestar personal, desde luego innegable. (No estuvo mal, por ejemplo, el malestar de quien para colmo en un principio había sido favorable a la reforma, como la profe que esto escribe; no estuvo mal mirarse en aquel espejo que la reforma le presentó nada más arrancar, y tener que reconocerse como una auténtica pazguata. Empezar por tragar saliva y prepararse para tragar… de todo lo que se contará más adelante.)
En cualquier caso, por si hace falta decirlo, su malestar “personal” era a la vez causa y consecuencia directa del peligro que vio en una ley que claramente venía a dar al traste con aquella vieja aspiración de la propia izquierda y a fomentar otras enseñanzas más clasistas y menos independientes.
Esto hubiera debido saberlo -o no haber querido ignorarlo- cierto partido político que se tomó sus críticas a la Logse, cuando aún estábamos muy a tiempo de evitar el estropicio, como si fueran ataques ‘políticos’ en el mal sentido de la palabra, calificándolos de ataques derechistas, incluso franquistas, decían (¿Mande?) Qué lástima, qué gran lástima.
Fue un error político descomunal, de dimensión histórica. Se hablará de él, y mucho… Precisamente ahí los supuestos atacantes derechistas comprendimos que era político el error y política la intención de sostenerlo y no enmendarlo; político -este sí- en el mal sentido de la palabra: el de la política entendida como estrategia publicitaria de especialistas en ti, que nunca oirás de nosotros lo que a ti no te gusta que te digamos. Y sabiendo cuánto interés había de mostrar previsiblemente la derecha por robustecer o por mejorar cualquier sistema de enseñanza laica y pública, ahí fue cuando el profesor percibió con amarga certidumbre que se había quedado solo.
Ahí empezó a meditar sobre el desastre que se avecinaba, sobre quién iba ser el más perjudicado y sobre cómo a él, que en la clase era el único consciente, de momento le iba a tocar la peor parte. Pues, por otro lado, a esas alturas en el aula ya le habían ganado por la mano; y, fuera de ella, ya le habían comido el terreno que él no intentó disputar a nadie. En el aula, cualquier mequetrefe pretendía tener tanta razón o más que él (respaldado por democráticos Consejos Escolares que según se comprobó sabían de educación la intemerata); fuera de ella, cualquier indocumentado que manejara un poquillo de insulsa pedagoparla tenía vara alta en los medios para hablar de lo mal que el profesor lo hacía… y los medios, ya se sabe, siempre sirven para fines. ¿Para qué fines, en este caso? Pues para fines ajenos, y aun contrarios, a las aspiraciones del profesor.
El que pasa el día en las aulas no es un ser desinteresado de su tarea, ni le mueven ni le han movido en contra de ella intereses de otra clase. Bien al contrario: se trata de personas que aplican a su quehacer un más que notable sentido ético: innato, inducido, mantenido y reforzado por todas las circunstancias de la vida y el oficio que han elegido. A lo mejor su mentalidad resultaba difícil de comprender desde perspectivas visiblemente ajenas a la suya y, por otro lado, más dominantes en todos los sentidos.
Pasó, pues, a ser un incompetente oficial, como ya declaraban hasta las señoras ociosas mientras compartían desayuno hablando indistinta y conjuntamente de profesores que no saben motivar y de bolsos de última moda. Él siguió dando clase. Y lo único que a partir de ahí le protegió del hundimiento personal y le consintió seguir yendo cada día al instituto provisto sólo de su minada fortaleza física y anímica fue su carácter, precisamente: su sentido más o menos consciente del compromiso y su saludable falta de pretensiones. En ello continúa.
ADENDA:
UNO. Ciertos psicólogos clínicos, y abogados especialistas, saben bien que demasiados profesores han estado y están viviendo en un clima de trabajo asimilable al acoso laboral, con el consentimiento social y político y, de añadidura, cargando con las culpas de que así sea. Los casos extremos, los que han derivado en devastación personal porque pillaron al interesado en situación de debilidad por la razón que fuese, los han tratado profesionalmente y conocen bien el estrago que ha supuesto a veces también para su familia en casos en que el profesor hubiera podido perfectamente hacer suya aquella declaración que en el terreno de la violencia machista causó tanto escándalo en su momento: “en el instituto me maltratan lo normal”. Sin embargo, a diferencia del caso del machismo, en esto nadie decidió que se había hecho imprescindible cambiar de raíz las leyes o crearlas de nueva planta. ¿Por qué? Psss…A ver si no dan ganas de exigir una respuesta.
Y DOS. ¿Y no ha habido profesores de mi generación que han estado a favor de la Logse antes, durante y después del desastre? Sí los ha habido, y más adelante narraré cómo se vivió esta diversidad de puntos de vista en los institutos. También ellos apechugaron con lo que había… solo que de mejor humor, para su gran suerte; excepto, en fin… algunos: hubo un sector que se ocupó muy mucho de no apechugar con nada y lo consiguió, también para suerte suya (y desgracia de los restantes).
Y yo que creo que estos últimos tenían poco carácter de profesor, precisamente…

LUISA J.D. (EXTRAÍDO DE LA PÁGINA WEB WWW.DESEDUCATIVOS.COM)


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2º BAC. CIE.: SOLUCIÓN EJERCICIOS

escrito el 5 de octubre de 2010 por en 1º BAT CIENCIAS

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